9 DE MAYO DE 1896
Salí de casa esta mañana a ver
a Emiliano, a escondidas claro, no podía dejar que mis padres se dieran cuenta
de mi relación con él.
Llegue a la calle de García
Vigil, a unos pasos del Zócalo, lo vi tan elegante: su fino pantalón hecho en
la casa del sastre Habacuc, su camisa de seda con bordado español, y su
sombrero de panza de burro; como no reconocerlo si me esperaba con una sonrisa enorme
en la cara. Corrí hacia él y con sus manos me tomo de la cintura.
-que bella estas- me susurro
al oído
Y me sonroje de inmediato, Emiliano tomó mi mano
y la besó; caminamos hacia el convento de Santo Domingo y nos sentamos junto a
la fuente que había entre los ahuehuetes que daban sombra en estos días de primavera.
-Cierra los ojos- me ordeno
De inmediato los cerré, y él
poco a poco comenzó a tocar mi piel, sentí como sus manos duras y grandes
recorrían con una gran dulzura mi cara, sentí como los poros de mi piel
comenzaban a exaltarse.
-Leonor, te amo- me dijo
lentamente.
Mientras sus labios tibios y
suaves besaron mi mejilla derecha, sentí como mi corazón comenzó a palpitar
cada vez más fuerte, más y más hasta que una mancha de sangre manchó mi vestido
azul de seda, traída de Teotitlan mientras una bala atravesaba el pecho de Emiliano.
El cura Salió de la iglesia de Santo Domingo y gritó:
-¡revolucionaros!- con la voz temblorosa.
Un hombre a caballo le disparó
también mientras yo trataba de ver por la vida de mi amado, no sabía qué hacer,
los revolucionarios estaban matando gente, jale rápidamente a Emiliano y lo
lleve hacia los ahuehuetes que había detrás, metí el dedo en la herida para
parar la hemorragia, cosa que había aprendido con la abuela Catarina en su
sanatorio “la cruz del milagro”, sentí como mi piel se empapaba de sangre,
sentí como si estuviera tocando la carne para tasajear el sábado en casa del
abuelo Fidel, sentí que mi corazón explotaba al ver la agonía en los ojos de Emiliano,
sentí en mis manos el último palpitar de su corazón.
Emiliano había muerto pero yo
no podía moverme, no podía, quiera hacer
ruido para gritar y llorar, no sabía como hacerlo; los revolucionarios solo
gritaban:
-justicia, tierra y libertad-
-que muera el mal gobierno-
-viva Zapata-
Yo no podía hacer ruido, con
el más mínimo ruido me llevaban, yo no quería, me sentí impotente, me sentí tan
triste, tan desesperada, no podía hacer nada, no podía sacar mi dolor, el amor
de mi vida había muerto, se había ido para siempre, ahora solo quería esperar y
llevarme a Emiliano.
-caminen, por aquí escuché
algo- grito un hombre
Yo gemía del dolor muy bajito,
pero mi respiración pausada y desesperada hacia que el aire que salía de mis
pulmones fuera fuerte y ruidoso, contuve la respiración, pero en ese momento paso
por mi cabeza el regaño de mi madre Sofía:
-no salgas de la casa, y menos
si vas a ver a ese muchachito, que no es de nuestro agrado, si te agarran los
revolucionarios te llevarán presa y no podrás salir de ahí-
Tota, pensé pero ya era demasiado
tarde, un hombre me vio, y grito fuertemente:
-aquí hay una señorita que
necesita compañía-
Corrí rápidamente aunque me
dolió dejar el cuerpo de Emiliano, pero ahora mi vida estaba en peligro, me
dirigí hacia el convento, pero nadie absolutamente nadie abría la puerta,
corría hacia la iglesia “sangre de Cristo” pero tampoco había rastros de gente,
corrí hasta que el mismo hombre que me vio se acercó con su caballo, y me dio un
golpe en la cabeza.
CONTINUARA...


