miércoles, junio 20

antequera


9 DE MAYO DE 1896

Salí de casa esta mañana a ver a Emiliano, a escondidas claro, no podía dejar que mis padres se dieran cuenta de mi relación con él.

Llegue a la calle de García Vigil, a unos pasos del Zócalo, lo vi tan elegante: su fino pantalón hecho en la casa del sastre Habacuc, su camisa de seda con bordado español, y su sombrero de panza de burro; como no reconocerlo si me esperaba con una sonrisa enorme en la cara. Corrí hacia él y con sus manos me tomo de la cintura.

-que bella estas- me susurro al oído

Y  me sonroje de inmediato, Emiliano tomó mi mano y la besó; caminamos hacia el convento de Santo Domingo y nos sentamos junto a la fuente que había entre los ahuehuetes que daban sombra en estos días de primavera.

-Cierra los ojos- me ordeno

De inmediato los cerré, y él poco a poco comenzó a tocar mi piel, sentí como sus manos duras y grandes recorrían con una gran dulzura mi cara, sentí como los poros de mi piel comenzaban a exaltarse.

-Leonor, te amo- me dijo lentamente.

Mientras sus labios tibios y suaves besaron mi mejilla derecha, sentí como mi corazón comenzó a palpitar cada vez más fuerte, más y más hasta que una mancha de sangre manchó mi vestido azul de seda, traída de Teotitlan mientras una bala atravesaba el pecho de Emiliano. El cura Salió de la iglesia de Santo Domingo y gritó:

-¡revolucionaros!-  con la voz temblorosa.

Un hombre a caballo le disparó también mientras yo trataba de ver por la vida de mi amado, no sabía qué hacer, los revolucionarios estaban matando gente, jale rápidamente a Emiliano y lo lleve hacia los ahuehuetes que había detrás, metí el dedo en la herida para parar la hemorragia, cosa que había aprendido con la abuela Catarina en su sanatorio “la cruz del milagro”, sentí como mi piel se empapaba de sangre, sentí como si estuviera tocando la carne para tasajear el sábado en casa del abuelo Fidel, sentí que mi corazón explotaba al ver la agonía en los ojos de Emiliano, sentí en mis manos el último palpitar de su corazón.

Emiliano había muerto pero yo no podía moverme, no podía,  quiera hacer ruido para gritar y llorar, no sabía como hacerlo; los revolucionarios solo gritaban:

-justicia, tierra y libertad-

-que muera el mal gobierno-

-viva Zapata-

Yo no podía hacer ruido, con el más mínimo ruido me llevaban, yo no quería, me sentí impotente, me sentí tan triste, tan desesperada, no podía hacer nada, no podía sacar mi dolor, el amor de mi vida había muerto, se había ido para siempre, ahora solo quería esperar y llevarme a Emiliano.

-caminen, por aquí escuché algo- grito un hombre

Yo gemía del dolor muy bajito, pero mi respiración pausada y desesperada hacia que el aire que salía de mis pulmones fuera fuerte y ruidoso, contuve la respiración, pero en ese momento paso por mi cabeza el regaño de mi madre Sofía:

-no salgas de la casa, y menos si vas a ver a ese muchachito, que no es de nuestro agrado, si te agarran los revolucionarios te llevarán presa y no podrás salir de ahí-

Tota, pensé pero ya era demasiado tarde, un hombre me vio, y grito fuertemente:

-aquí hay una señorita que necesita compañía-

Corrí rápidamente aunque me dolió dejar el cuerpo de Emiliano, pero ahora mi vida estaba en peligro, me dirigí hacia el convento, pero nadie absolutamente nadie abría la puerta, corría hacia la iglesia “sangre de Cristo” pero tampoco había rastros de gente, corrí hasta que el mismo hombre que me vio se acercó con su caballo, y me dio un golpe en la cabeza.

CONTINUARA...

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